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FILOSOFIA ESPIRITUALISTA
Despierta el ángel en ti
Una espiritualidad universal

La religión es un veneno para la mente y los dogmas son como toxinas que debilitan nuestro buen juicio. En general, el problema con las religiones es que tratan de imponer su supuesto saber absoluto a las mentes más reacias, a veces mediante el uso de engaños o a menudo utilizando la violencia más cruel. Para terminar definitivamente con las guerras fratricidas inútiles hay que reemplazar la religión por una espiritualidad universal. Por espiritualidad universal, no queremos decir que hay que imponer a todos una sola manera de pensar. Al contrario, queremos decir que nunca se debe imponer nada a nadie. Cada quien puede tener fe en lo que quiera, siempre y cuando esto no perjudique a los demás.

Dios es amor

Dios es el Padre de todos los seres humanos y todos los seres humanos son sus hijos. Dios no ama más a un individuo ni a un grupo en especial. Es absurdo creer que sólo unos pocos disfrutan de su amor incondicional. Dios es infinitamente bueno, infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Él ha dado a los humanos el libre albedrío, por lo tanto  sabe que somos naturalmente imperfectos. No debemos creer que Dios se disgusta con nosotros por las pequeñas faltas que cometemos. Sin embargo, lo que Dios condena es la maldad y la crueldad deliberadas hacia los demás, como un padre que desaprueba las disputas entre sus hijos. Dios es omnisciente y omnipotente, pero no es un déspota.

La ley de la unicidad

Hay un solo Dios y todo lo que existe, seres vivos e inanimados, es la expresión de su voluntad. No hay un Dios falso o verdadero. Esta vieja creencia proviene de un período arcaico. Los que afirman que Dios los favorece causan el desprecio y la discordia. Dado que sólo hay un Dios y que todos los seres humanos son sus hijos, entonces las guerras religiosas son absurdas. No importa el nombre que utilicemos para designar a Dios, esto no tiene ninguna repercusión sobre Él porque sea cual sea el nombre que le demos, todos se refieren a la misma entidad divina.

El sol como símbolo de la divinidad
El mejor símbolo de Dios y de la espiritualidad universal es el sol, el sol del sistema solar. El sol simboliza tres cosas a la vez: el bien absoluto, la verdad absoluta y la universalidad. Los reyes han utilizado durante mucho tiempo al sol como propaganda de poder y de  realeza. No importa el lugar en donde estemos en el mundo, el sol brilla en todo su esplendor y sin discriminación da calor y luz a todos los seres vivos. Sin los bienhechores rayos solares la vida en la Tierra sería imposible. El sol es el principio masculino y la Tierra es el principio femenino. Si Dios es el Padre de todos nosotros, la tierra es nuestra madre.
Sacralización de la naturaleza
Gaia es el espíritu de la Tierra que asegura el bienestar de todos los seres vivos. La naturaleza no es ciega como tontamente muchos creen, sino que tiene una voluntad inteligente tan avanzada que por el momento el ser humano no alcanza a comprenderla. El ser humano no es superior a los animales, ya que él mismo es un animal. Nuestra ventaja evolutiva debe servir para proteger a las criaturas más vulnerables y no para esclavizarlas  o destruirlas.
La verdadera naturaleza del hombre es espiritual
El ser humano es espiritual antes de ser físico, es espíritu antes de ser cuerpo, es energía antes del movimiento, es vibración antes de ser partículas. En pocas palabras, el hombre es un espíritu inmortal que evoluciona sin cesar a través de un proceso de aprendizaje y de purificación moral llamado reencarnación. El espíritu es el verdadero yo, mientras que el cuerpo físico es un vehículo a su disposición para experimentar el mundo de los fenómenos. Podemos hacerle daño al cuerpo e incluso matarlo, pero nada se puede contra el espíritu inmortal.
Somos responsables los unos de los otros
Todos somos hermanos espirituales, todos tenemos el mismo origen y todos tenemos una dignidad intrínseca. Es primordial hacer a los demás lo que nos gustaría que nos hicieran y  no hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hagan. Dios nos ha concedido el libre albedrío y debemos utilizarlo sabiamente. Por lo tanto, somos plenamente responsables de nuestros pensamientos y de nuestras acciones. La justicia humana es imperfecta, pero la justicia de Dios es perfecta. Cada individuo, después de su muerte, recibe un juicio justo según el conjunto de sus acciones, buenas y malas.
 
 
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